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| "Son las cinco y no he comido." |
Ser tonto implica, ante todo, una carencia. Falta de información, de formación, de experiencia o de comprensión. El tonto se equivoca porque no sabe, porque no ha llegado aún a entender, porque nadie se lo explicó bien o porque no tuvo ocasión de aprenderlo. Su error es, por así decirlo, inocente. Y lo más importante: es reversible. El tonto suele agradecer la corrección, escucha, pregunta, rectifica. El conocimiento lo rescata. La tontería es una etapa, no un destino.
La imbecilidad, en cambio, no nace de la ignorancia sino del rechazo. El imbécil conoce los datos, ha visto la evidencia, ha tenido acceso a los argumentos. No es que no sepa: es que no quiere saber. Su problema no es cognitivo, sino moral. Hay en él una obstinación orgullosa, una necesidad casi patológica de no ceder, de no admitir el error, de no perder la posición que ha convertido en identidad.
Mientras el tonto aprende, el imbécil se ofende. Mientras el tonto corrige, el imbécil se atrinchera. La corrección, que para uno es una oportunidad, para el otro es una amenaza. Por eso el imbécil reacciona con desprecio, sarcasmo o agresividad ante cualquier intento de enmienda. No defiende la verdad: se defiende a sí mismo.
Hay algo especialmente dañino en la imbecilidad: su resistencia al fracaso. Incluso cuando la realidad desmiente una y otra vez sus creencias, el imbécil persevera. Redobla la apuesta. Cambia el relato, culpa a otros, reinterpreta los hechos. Todo antes que reconocer un error. Tener razón importa más que comprender; ganar la discusión, más que acercarse a la verdad.
La tontería puede ser simpática, incluso entrañable. La imbecilidad no. Porque no solo se equivoca: arrastra, contamina, bloquea. En lo personal, en lo social, en lo político. El tonto necesita tiempo y aprendizaje; el imbécil necesita una virtud mucho más escasa: humildad.
Por eso conviene ser precisos. Llamar imbécil al tonto es injusto; llamar tonto al imbécil es ingenuo. Uno está de paso por el error. El otro se instala en él y coloca un cartel de “convicciones” en la puerta. Y esa diferencia, hoy más que nunca, importa.

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