viernes, 26 de diciembre de 2025

El tonto útil. Cuando la adhesión emocional reemplaza al juicio crítico

El George Lansbury de España.

El tonto útil no es una invención de nuestro tiempo, pero nunca había sido tan valioso como ahora. En la era de la inteligencia artificial, de los filtros automáticos y de la moderación algorítmica, el desinformador ha descubierto una verdad incómoda: un bot puede ser detectado, una cuenta falsa puede ser cerrada, un algoritmo puede ser bloqueado. Una persona real, en cambio, con rostro, historia, amigos y familiares que confían en ella, es el vector de contagio más eficaz y difícil de frenar.

Ahí reside la renovada importancia del tonto útil.

El término "tonto útil"" —en inglés, "useful idiot"— es un peyorativo político que designa a quien defiende una causa o los intereses de un grupo sin comprender del todo sus intenciones reales. No actúa necesariamente por maldad, sino por ingenuidad, idealismo mal encauzado, vanidad moral o deseo de pertenencia. Cree estar haciendo el bien, cuando en realidad está siendo instrumentalizado para avanzar una agenda que puede incluso volverse contra él mismo.

El tonto útil no miente: repite. No conspira: amplifica. No diseña la estrategia: la ejecuta con entusiasmo ajeno. Precisamente por eso resulta tan útil.

En el pasado, este papel se desempeñaba en mítines, artículos de prensa o discursos parlamentarios. Hoy se ejerce en grupos de WhatsApp, redes sociales y conversaciones privadas. La diferencia es crucial: mientras el mensaje emitido por una máquina despierta sospecha, el mismo mensaje pronunciado por un amigo, un padre, un antiguo compañero de trabajo o una persona respetada del entorno cotidiano se cuela sin resistencia. La confianza previa actúa como salvoconducto.

El tonto útil moderno no necesita comprender la complejidad del conflicto, ni verificar fuentes, ni analizar consecuencias. Le basta con sentirse del lado correcto de la historia. La indignación moral sustituye al pensamiento crítico. La adhesión emocional reemplaza al juicio. Y la repetición constante crea la ilusión de verdad.

George Lansbury

Un ejemplo histórico ilustrativo es George Lansbury. Político británico, pacifista convencido y líder del Partido Laborista en los años treinta, Lansbury se opuso firmemente a la guerra y al rearme frente a la Alemania nazi. Su postura partía de una sincera convicción moral: creía que el desarme unilateral y la buena voluntad podían evitar el conflicto. Sin embargo, esa posición —noble en intención— terminó beneficiando objetivamente a un régimen totalitario que no compartía ni su pacifismo ni su respeto por la democracia. Sin quererlo, Lansbury se convirtió en una voz que debilitaba la resistencia frente a un enemigo que no jugaba con las mismas reglas.

No fue un traidor. Fue algo más inquietante: un hombre honesto al servicio involuntario de una causa que habría aplastado sus propios valores.

El tonto útil no suele verse a sí mismo como tal. Se percibe como valiente, lúcido, "despierto" frente a la masa engañada. Esta autopercepción refuerza su papel, porque lo inmuniza frente a la duda. Cualquier crítica se interpreta como prueba de que va por el buen camino. Cualquier objeción se descarta como propaganda del enemigo.

En la era de la IA, este perfil es oro puro. Las máquinas generan contenidos, pero necesitan gargantas humanas para legitimarlos. El desinformador inteligente no busca convencer a todos: le basta con convencer a unos pocos nodos bien situados en la red social real. El resto viene solo.

Por eso, el problema del tonto útil no es solo político, sino moral e intelectual. No se resuelve con más censura ni con mejores algoritmos, sino con algo mucho más incómodo: la recuperación del pensamiento crítico, la humildad intelectual y la capacidad de admitir que uno puede estar siendo usado.

Quizá la pregunta decisiva no sea "¿de qué lado estoy?", sino otra más incómoda y menos heroica: ¿a quién beneficia realmente que yo repita esto?

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