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¿Por qué no te vas? |
Porque el problema no es tanto el contenido explícito del discurso como su función política real.
1. Un discurso correcto… y profundamente evasivo
El Rey habló de convivencia, de respeto institucional, de Constitución, de unidad y de valores democráticos. Nada objetable en abstracto. El problema es que ese repertorio de palabras, repetido año tras año, ya no responde al país real.
España atraviesa una crisis múltiple:
– desconfianza institucional,
– corrupción persistente,
– degradación del debate público,
– bloqueo político estructural,
– desigualdad creciente,
– hartazgo ciudadano.
Y, sin embargo, el discurso evitó cuidadosamente cualquier mención clara a las responsabilidades concretas de quienes gobiernan. No hubo nombres, no hubo hechos incómodos, no hubo exigencias. Solo generalidades.
2. Neutralidad formal, alineamiento real
La Constitución exige al Rey neutralidad política. Pero la neutralidad no consiste en callar siempre, sino en no inclinar la balanza. Y aquí está el punto clave: cuando el discurso evita sistemáticamente señalar los abusos del poder ejecutivo, legislativo o partidista, la neutralidad se convierte en complicidad pasiva.
El bipartidismo aplaude porque el mensaje no incomoda a nadie con poder.
• No cuestiona la falta de presupuestos.
• No señala la degradación parlamentaria.
• No menciona el uso partidista de las instituciones.
• No interpela a la corrupción cuando reaparece cíclicamente.
El Rey no toma partido explícito, pero protege el marco que permite al bipartidismo sobrevivir sin rendir cuentas.
3. El recuerdo de discursos que sí tomaron posición
Muchos ciudadanos recuerdan con nitidez que el Rey sí fue contundente en otros momentos. El discurso navideño de 2014 no fue neutro: fue duro, claro y con destinatarios identificables.
Eso ha dejado una huella profunda. Desde entonces, cada silencio pesa más. Cada ambigüedad se interpreta como elección. Cada llamada abstracta a la concordia suena a asimetría moral.
Cuando se condena con firmeza a unos y se evita mencionar a otros, la institución deja de ser percibida como árbitro y pasa a verse como parte del tablero.
4. El aplauso del sistema, el rechazo del país
El bipartidismo aplaude porque el discurso legitima el statu quo.
La ciudadanía se enfurece porque percibe que ese statu quo es precisamente el problema.
Una parte creciente de los españoles no espera ya palabras solemnes, sino verdad incómoda. No quiere un Rey activista, pero tampoco un Rey decorativo que pronuncie discursos que podrían haber sido escritos hace veinte años.
5. El riesgo real: la desconexión de la ciudadanía
El mayor peligro para la Corona no es la crítica frontal, sino la indiferencia crítica: esa sensación de que el Rey habla, pero no interpela; advierte, pero no exige; llama a la unidad, pero nunca a la responsabilidad concreta.
Cada aplauso del bipartidismo es, paradójicamente, una alarma. Significa que el discurso no ha tocado ningún nervio del poder. Y cuando el poder duerme tranquilo, la ciudadanía suele estar despierta y enfadada.
Conclusión
El discurso del Rey ha encendido a España porque ha evidenciado una brecha: la que separa al país institucional del país real.
Mientras el bipartidismo celebra la continuidad sin sobresaltos, una parte creciente de la ciudadanía percibe que la Corona habla de estabilidad cuando lo que hay es estancamiento, y de convivencia cuando lo que existe es desafección.
Felipe, ¿por qué no te vas?

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