lunes, 29 de diciembre de 2025

Ser tonto o ser imbécil. Mientras el tonto aprende, el imbécil se ofende.

"Son las cinco y no he comido."
Confundir la tontería con la imbecilidad es un error común, quizá porque ambas producen efectos similares: decisiones erradas, discursos pobres, conclusiones falsas. Pero su naturaleza es distinta, y también lo son sus consecuencias morales e intelectuales.

Ser tonto implica, ante todo, una carencia. Falta de información, de formación, de experiencia o de comprensión. El tonto se equivoca porque no sabe, porque no ha llegado aún a entender, porque nadie se lo explicó bien o porque no tuvo ocasión de aprenderlo. Su error es, por así decirlo, inocente. Y lo más importante: es reversible. El tonto suele agradecer la corrección, escucha, pregunta, rectifica. El conocimiento lo rescata. La tontería es una etapa, no un destino.

La imbecilidad, en cambio, no nace de la ignorancia sino del rechazo. El imbécil conoce los datos, ha visto la evidencia, ha tenido acceso a los argumentos. No es que no sepa: es que no quiere saber. Su problema no es cognitivo, sino moral. Hay en él una obstinación orgullosa, una necesidad casi patológica de no ceder, de no admitir el error, de no perder la posición que ha convertido en identidad.

Mientras el tonto aprende, el imbécil se ofende. Mientras el tonto corrige, el imbécil se atrinchera. La corrección, que para uno es una oportunidad, para el otro es una amenaza. Por eso el imbécil reacciona con desprecio, sarcasmo o agresividad ante cualquier intento de enmienda. No defiende la verdad: se defiende a sí mismo.

Hay algo especialmente dañino en la imbecilidad: su resistencia al fracaso. Incluso cuando la realidad desmiente una y otra vez sus creencias, el imbécil persevera. Redobla la apuesta. Cambia el relato, culpa a otros, reinterpreta los hechos. Todo antes que reconocer un error. Tener razón importa más que comprender; ganar la discusión, más que acercarse a la verdad.

La tontería puede ser simpática, incluso entrañable. La imbecilidad no. Porque no solo se equivoca: arrastra, contamina, bloquea. En lo personal, en lo social, en lo político. El tonto necesita tiempo y aprendizaje; el imbécil necesita una virtud mucho más escasa: humildad.

Por eso conviene ser precisos. Llamar imbécil al tonto es injusto; llamar tonto al imbécil es ingenuo. Uno está de paso por el error. El otro se instala en él y coloca un cartel de “convicciones” en la puerta. Y esa diferencia, hoy más que nunca, importa.

El discurso del Rey que ha encendido a España. La ciudadanía no rechaza al Rey por lo que dice, sino por lo que calla

¿Por qué no te vas?

El último discurso del Rey no ha pasado inadvertido. Ha provocado una reacción poco habitual: una mezcla de indignación ciudadana y aplauso cerrado por parte del bipartidismo. Cuando ocurre algo así, conviene detenerse y preguntarse qué se ha dicho realmente, pero sobre todo qué se ha evitado decir.

Porque el problema no es tanto el contenido explícito del discurso como su función política real.

1. Un discurso correcto… y profundamente evasivo

El Rey habló de convivencia, de respeto institucional, de Constitución, de unidad y de valores democráticos. Nada objetable en abstracto. El problema es que ese repertorio de palabras, repetido año tras año, ya no responde al país real.

España atraviesa una crisis múltiple:

– desconfianza institucional,
– corrupción persistente,
– degradación del debate público,
– bloqueo político estructural,
– desigualdad creciente,
– hartazgo ciudadano.

Y, sin embargo, el discurso evitó cuidadosamente cualquier mención clara a las responsabilidades concretas de quienes gobiernan. No hubo nombres, no hubo hechos incómodos, no hubo exigencias. Solo generalidades.

2. Neutralidad formal, alineamiento real

La Constitución exige al Rey neutralidad política. Pero la neutralidad no consiste en callar siempre, sino en no inclinar la balanza. Y aquí está el punto clave: cuando el discurso evita sistemáticamente señalar los abusos del poder ejecutivo, legislativo o partidista, la neutralidad se convierte en complicidad pasiva.

El bipartidismo aplaude porque el mensaje no incomoda a nadie con poder.

• No cuestiona la falta de presupuestos.
• No señala la degradación parlamentaria.
• No menciona el uso partidista de las instituciones.
• No interpela a la corrupción cuando reaparece cíclicamente.

El Rey no toma partido explícito, pero protege el marco que permite al bipartidismo sobrevivir sin rendir cuentas.

3. El recuerdo de discursos que sí tomaron posición

Muchos ciudadanos recuerdan con nitidez que el Rey sí fue contundente en otros momentos. El discurso navideño de 2014 no fue neutro: fue duro, claro y con destinatarios identificables.

Eso ha dejado una huella profunda. Desde entonces, cada silencio pesa más. Cada ambigüedad se interpreta como elección. Cada llamada abstracta a la concordia suena a asimetría moral.

Cuando se condena con firmeza a unos y se evita mencionar a otros, la institución deja de ser percibida como árbitro y pasa a verse como parte del tablero.

4. El aplauso del sistema, el rechazo del país

El bipartidismo aplaude porque el discurso legitima el statu quo.
La ciudadanía se enfurece porque percibe que ese statu quo es precisamente el problema.

Una parte creciente de los españoles no espera ya palabras solemnes, sino verdad incómoda. No quiere un Rey activista, pero tampoco un Rey decorativo que pronuncie discursos que podrían haber sido escritos hace veinte años.

5. El riesgo real: la desconexión de la ciudadanía

El mayor peligro para la Corona no es la crítica frontal, sino la indiferencia crítica: esa sensación de que el Rey habla, pero no interpela; advierte, pero no exige; llama a la unidad, pero nunca a la responsabilidad concreta.

Cada aplauso del bipartidismo es, paradójicamente, una alarma. Significa que el discurso no ha tocado ningún nervio del poder. Y cuando el poder duerme tranquilo, la ciudadanía suele estar despierta y enfadada.

Conclusión

El discurso del Rey ha encendido a España porque ha evidenciado una brecha: la que separa al país institucional del país real.

Mientras el bipartidismo celebra la continuidad sin sobresaltos, una parte creciente de la ciudadanía percibe que la Corona habla de estabilidad cuando lo que hay es estancamiento, y de convivencia cuando lo que existe es desafección.

Felipe, ¿por qué no te vas?

viernes, 26 de diciembre de 2025

El tonto útil. Cuando la adhesión emocional reemplaza al juicio crítico

El George Lansbury de España.

El tonto útil no es una invención de nuestro tiempo, pero nunca había sido tan valioso como ahora. En la era de la inteligencia artificial, de los filtros automáticos y de la moderación algorítmica, el desinformador ha descubierto una verdad incómoda: un bot puede ser detectado, una cuenta falsa puede ser cerrada, un algoritmo puede ser bloqueado. Una persona real, en cambio, con rostro, historia, amigos y familiares que confían en ella, es el vector de contagio más eficaz y difícil de frenar.

Ahí reside la renovada importancia del tonto útil.

El término "tonto útil"" —en inglés, "useful idiot"— es un peyorativo político que designa a quien defiende una causa o los intereses de un grupo sin comprender del todo sus intenciones reales. No actúa necesariamente por maldad, sino por ingenuidad, idealismo mal encauzado, vanidad moral o deseo de pertenencia. Cree estar haciendo el bien, cuando en realidad está siendo instrumentalizado para avanzar una agenda que puede incluso volverse contra él mismo.

El tonto útil no miente: repite. No conspira: amplifica. No diseña la estrategia: la ejecuta con entusiasmo ajeno. Precisamente por eso resulta tan útil.

En el pasado, este papel se desempeñaba en mítines, artículos de prensa o discursos parlamentarios. Hoy se ejerce en grupos de WhatsApp, redes sociales y conversaciones privadas. La diferencia es crucial: mientras el mensaje emitido por una máquina despierta sospecha, el mismo mensaje pronunciado por un amigo, un padre, un antiguo compañero de trabajo o una persona respetada del entorno cotidiano se cuela sin resistencia. La confianza previa actúa como salvoconducto.

El tonto útil moderno no necesita comprender la complejidad del conflicto, ni verificar fuentes, ni analizar consecuencias. Le basta con sentirse del lado correcto de la historia. La indignación moral sustituye al pensamiento crítico. La adhesión emocional reemplaza al juicio. Y la repetición constante crea la ilusión de verdad.

George Lansbury

Un ejemplo histórico ilustrativo es George Lansbury. Político británico, pacifista convencido y líder del Partido Laborista en los años treinta, Lansbury se opuso firmemente a la guerra y al rearme frente a la Alemania nazi. Su postura partía de una sincera convicción moral: creía que el desarme unilateral y la buena voluntad podían evitar el conflicto. Sin embargo, esa posición —noble en intención— terminó beneficiando objetivamente a un régimen totalitario que no compartía ni su pacifismo ni su respeto por la democracia. Sin quererlo, Lansbury se convirtió en una voz que debilitaba la resistencia frente a un enemigo que no jugaba con las mismas reglas.

No fue un traidor. Fue algo más inquietante: un hombre honesto al servicio involuntario de una causa que habría aplastado sus propios valores.

El tonto útil no suele verse a sí mismo como tal. Se percibe como valiente, lúcido, "despierto" frente a la masa engañada. Esta autopercepción refuerza su papel, porque lo inmuniza frente a la duda. Cualquier crítica se interpreta como prueba de que va por el buen camino. Cualquier objeción se descarta como propaganda del enemigo.

En la era de la IA, este perfil es oro puro. Las máquinas generan contenidos, pero necesitan gargantas humanas para legitimarlos. El desinformador inteligente no busca convencer a todos: le basta con convencer a unos pocos nodos bien situados en la red social real. El resto viene solo.

Por eso, el problema del tonto útil no es solo político, sino moral e intelectual. No se resuelve con más censura ni con mejores algoritmos, sino con algo mucho más incómodo: la recuperación del pensamiento crítico, la humildad intelectual y la capacidad de admitir que uno puede estar siendo usado.

Quizá la pregunta decisiva no sea "¿de qué lado estoy?", sino otra más incómoda y menos heroica: ¿a quién beneficia realmente que yo repita esto?